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Castruccio, envenenador y escritor de la muerte

Este genovés locuaz, engreído y charlatán, bajó de un barco en el Puerto de Buenos Aires siendo muy jovencito y de a poco se convirtió en un personaje de las crónicas policiales de época

Tenía apenas 20 años cuando Luigi Castruccio bajó de un barco en el Puerto de Buenos Aires con la idea fija de ser millonario en la tierra de las oportunidades. Corría el año 1878 y la inmigración estaba cambiando para siempre a la flamante República Argentina. Había nacido en Génova y era tan pobre como los cientos de miles de europeos que no paraban de arribar al país en los monumentales vapores transatlánticos.

Castruccio, que una vez radicado pasó a llamarse Luis, hizo de todo en los primeros años. Aunque, como muchos ‘tanos’, la mayor parte del tiempo se ganó la vida como albañil. Cobraba poco, pero al menos alcanzaba para comer y juntar algún que otro peso. Pero había algo en este hombre de muy baja estatura, rubio y de finos ojos celestes que no andaba bien. Era cambiante, ciclotímico y tenía una característica que lo distinguía: no paraba de hablar.

Pese a sus estados de ánimo y a la personalidad tan especial, nada hacía pensar que ese hombre minúsculo sería, en pocos años, uno de los personajes más conocidos de las crónicas policiales de finales del siglo XIX. Fue, para muchos historiadores, el primer envenenador de la historia penal argentina.

Luis tuvo un golpe de suerte, aunque fugaz, cuando llevaba no más de cuatro años en la Argentina. El gobernador Dardo Rocha había dado comienzo a la construcción de la moderna capital de la Provincia de Buenos AiresLa Plata. Y hasta ahí se fue Castruccio, donde no tardó en conseguir trabajo y se sumó a la construcción de los grandes edificios que distinguirían a dicha ciudad. Con ese empleo pudo juntar unos ahorros que le permitieron, al final, mejorar sus condiciones de vida. Para 1888 ya estaba de regreso en Buenos Aires y había alquilado una casa en la calle Bartolomé Mitre, que por entonces se llamaba Piedad.

Pero el dinero, si no se sigue trabajando o no se ahorra, desaparece tan rápido como un puñado de arena entre los dedos. Castruccio, siempre locuaz y altanero, simulaba ser un hombre de buena posición, aunque no le quedaba un peso. Fue entonces cuando comenzó a coquetear con la muerte: su primer plan fue quitarse la vida. Para ello, con una receta trucha, compró un frasco del poderoso veneno llamado estricnina. Después, redactó su testamento, cediendo todos sus bienes al Hospital de los Italianos. Era, en definitiva, un testamento inútil y absurdo, porque ya estaba en bancarrota y no tenía nada para ceder en herencia.

El suicidio, después de analizarlo, no sería la solución. Siguió pensando y tramó un plan que estuvo a un paso de lograr. Sólo un mínimo detalle derrumbaría todo. Primero publicó un aviso en un diario pidiendo un sirviente para su casa. Contrató a un francés recién llegado al país que se llamaba Augusto Bouchot Constantin. Lo llevó a su casa y lo trató como si fuese su hermano. Tal era la confianza que le armó una cama en su propia habitación.

Poco tiempo después, convenció a su empleado de que comprara un seguro de vida en la Compañía de Seguros La Previsora del Hogar. El único beneficiario, claro, era Castruccio, quien en los documentos del contrato figuraba como cuñado del francés.

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Ya tenía el seguro. Ahí pasó a la segunda fase del plan. Todas las noches, embebía cloroformo en un pañuelo, el que apoyaba en el rostro Augusto cuando éste se dormía. No lo mató, pero lo tenía todo el día adormecido. Tras unos días, decidió ser más contundente y le empezó a mezclar muy pequeñas dosis de estricnina en los alimentos. Augusto se descompuso y padecía terribles dolores estomacales. Para que no sospechara llamó al médico, que le recetó un medicamento para el dolor de panza. El italiano los compraba religiosamente en una farmacia. Finalmente, el francés murió y fue enterrado, con un servicio fúnebre que fue abonado en efectivo por su patrón-asesino, en el Cementerio de la Chacarita.

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Habían pasado algunos días de la muerte del francés cuando Castruccio se presentó en la aseguradora a reclamar el dinero del seguro. Fue varias veces a cobrar. Pero al inspector le había surgido una duda: parecía ser mentira que el italiano fuese el cuñado del difunto. Por eso, en última instancia, se decidió hacer una denuncia en la Policía. A partir de ese momento, la coartada de Luis se derrumbó como un castillo de naipes.

Castruccio hablaba tanto que, cuando llegó la Policía a su casa, entró rápidamente en contradicciones. Y fue directo a la cárcel cuando los agentes encontraron una libreta con anotaciones del crimen. Había escrito: “C. la E. el 4”, que después se supo significaba “compré la estricnina el 4”. Además anotó “E. el ABC el 18”, abreviatura de !”Envenenado el Augusto Bouchot Constantin el 18″. Fue en el mes de abril de 1889.

El juez de la causa lo condenó a la pena de muerte, la que se debería cumplir el 22 de enero de 1890. Antes, Castruccio había dicho, tras confesar el crimen: “Yo no he hecho nada malo. Nunca maté a un argentino”. También dijo que no le había provocado dolor, que había sido un trabajo “científico“.

El día del fusilamiento, Luis Castruccio fue sacado antes del amanecer de su celda de la Penitenciaría Nacional, que estaba ubicada donde actualmente está la porteña Plaza Las Heras. Le vendaron los ojos, le coloraron los grilletes y lo llevaron al paredón. Antes había recibido el perdón de un cura que había ido a visitarlo. Ya estaba todo listo cuando llegó el indulto del Presidente de la Nación, Miguel Juárez Celman. La presión de los periódicos de la época, porque para entonces ya no estaba bien vista la pena capital, había salvado al italiano envenenador.

Castruccio pasó casi dos décadas encerrado en ese penal hasta que, en 1908, se creó la Colonia Nacional de Alienados, hoy convertida en la Colonia “Domingo Cabred”, en Open Door, cerca de Luján. Allí estuvo el resto de su vida, donde se dedicó a leer y escribir poesías. Algunos de esos escritos tenían como tema central algo que Luis conocía muy bien: el veneno.

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