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domingo, octubre 25, 2020
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Emilia Basil, cocinera y descuartizadora

Tenía un restaurante en San Cristóbal. Fue condenada por asesinar a un plomero italiano

“Yamile” es un nombre de origen árabe que significa mujer bella, graciosa. A Emilia Basil le decían “La Turca”, como a todos los árabes que vinieron a la Argentina. Había nacido en Beirut, Líbano, y había emigrado a nuestro país buscando un futuro mejor. Cuando tuvo la oportunidad de tener su propio comercio, se decidió por un restaurante, y le puso de nombre “Yamile”.

Emilia Basil había vivido en una pensión, donde la dueña la contactó para que tuviera un trabajo. No era precisamente una tarea fácil: tenía que levantarse muy temprano, viajar hasta un frigorífico y allí despostar medias reses. Trabajaba más duro que un hombre. Así pasaron los años hasta que, ya casada con Felipe Coronel Rueda, un obrero peruano, había podido juntar los pesos necesarios para ser propietaria. Para entonces el matrimonio tenía tres hijas.

José Petriella, también inmigrante, había podido crecer económicamente en la Argentina. Había llegado al país, desde su Italia natal, impulsado por el instinto de supervivencia de esos hombres que le escapan a la guerra. Era plomero, ganaba bien y se había comprado un par de propiedades. También le había enviado dinero a dos de sus hermanos para que vinieran a vivir a Buenos Aires.

“El Tano”, allá por los comienzos de la década del setenta, aceptó la propuesta de Emilia: una parte del monto acordado en efectivo y el resto en cuotas. Así “La Turca” tuvo el restaurante “Yamile”, en la avenida Garay 2.201, en el porteño barrio de San Cristóbal.

Pero Petriella se quedaría, en una piecita del fondo de la construcción, hasta que la mujer le saldara la totalidad de la deuda. El negocio iba bien, tenía buena clientela, especialmente con los empleados de Teleonce, que estaba a sólo un par de cuadras. Facturaba bastante, pero no lo suficiente como para levantar rápido la hipoteca.

Felipe, todas las mañanas, poco después de las 4, salía de la casa para ir a trabajar en una fábrica. Petriella salía más tarde, pero cada vez necesitaba menos trabajar como plomero. Si bien era requerido, porque tenía fama de bueno en su oficio, no tenía problemas económicos y para 1973 ya era un hombre de 60 años.

Emilia tenía 58 años, ya le quedaba poco de ese cabello negro azabache tan típico de las mujeres árabes. No ocultaba las canas, no le interesaba. Usaba anteojos para la miopía y vestía casi siempre vestidos enterizos. No era una mujer linda. Pero a Petriella le gustaba. Y la acosaba cuando el esposo se iba a trabajar. Ella aguantaba, dejaba pasar la ofensa porque no tenía alternativa. Si “El Tano” se decidía, podía ejecutar la hipoteca y la mujer no tendría casa, ni negocio, ni nada. Quedaría en la calle con su marido y sus tres hijas.

Vaya a saber por qué razón, cuál fue el detonante, pero un día la mujer no aguantó más. Fue en la madrugada del 24 de marzo de 1973. Era sábado y, como siempre, a las 4,15 Emilia le abrió la puerta a su marido para que saliera a trabajar. Ella, a esa hora, comenzaba a preparar la comida para el mediodía. Desde pucheros y guisos, hasta empanadas árabes y algunos kilos de keppe y tabule para los clientes especiales.

Una vez más, como tantas otras veces, José salió de su habitación y la encaró. Emilia primero lo empujó. Pero el hombre seguía, la manoseaba. Ella, después confesaría, lo dejó para que bajara la guardia. Pero esa vez estaba decidida a todo. Caminó hasta el living de la casa, detrás del restaurante, tratando de no hacer ruido porque sus hijas dormían.

“El Tano” la tocaba, estaba fuera de sí. No se dio cuenta, hasta que sintió la presión, que la mujer le había hecho un lazo en el cuello con una piola de nylon. Ella apretó con una fuerza brutal. Fue solo un minuto de resistencia. Después el plomero empezó a desvanecerse y se cayó. Emilia seguía presionando.

Al cadáver lo metió en un gran cajón de madera y lo tapó con cajones de frutas y bolsas de arpillera. Ahí lo dejó, oculto, hasta la madrugada siguiente. Ella, ese día, trabajó como siempre. Cocinó y atendió a los clientes que llegaban a almorzar abundante y barato.

A las dos de la madrugada del domingo, Emilia se levantó para comenzar la tarea de la jornada. Pero en esa oportunidad, además de cocinar para los clientes, descuartizó el cadáver de Petriella y comenzó a hervir en ollas los trozos del cuerpo. Lo hizo una y otra vez para hacer desaparecer los restos. Algunos, por entonces, dijeron que la carne humana la mezcló con carne de vaca para hacer empanadas, pero eso nunca se pudo probar.

Uno de los hermanos de Petriella lo fue a buscar, pero no lo encontró. Pasaron tres días y radicó la denuncia en la comisaría 18 de la Policía Federal. En el restaurante “Yamile” todos decían que hacía unos días que no lo veían. Que había salido a trabajar y no había regresado.

Pero fue el miércoles 28 a la mañana, cuando una vecina vio un cajón de manzanas lleno de hojas de verduras marchitas, desde donde emanaba olor nauseabundo. Los recolectores de residuos no habían pasado esa noche. Esa mujer lo comentó con una de las hijas de Emilia, quien le contó a la madre. “La Turca” le dijo “no lo toques, llamá a la Policía”. Para ese momento, otro vecino había corrido las verduras podridas con un palo y había descubierto el contenido. Eran restos de un torso humano.

Fue cuestión de horas que se allanara la casa de Emilia. En la comisaría 18 sólo tenían la denuncia por la desaparición de Petriella. En el rastrillaje se encontraron más restos, entre ellos el cráneo hervido del hombre, que había sido envuelto con hojas de diarios viejos. La mujer confesó ese mismo día en que fue detenida.

“Mi marido y mis hijas no tuvieron nada que ver, no sabían nada. Fui sola”, declaró ante el juez de instrucción Juan Carlos Liporace. En la declaración, además, aseguró: “Lo hice y lo volvería a hacer una y mil veces”.

El juez Jorge Sandro la condenó a 10 años de prisión, pena que purgó en la Cárcel de Mujeres.

Emilia Basil salió con libertad condicional en noviembre de 1979. Vecinos contaron que la mujer pasó por el restaurante, que ya no existía y estuvo mirando la casona por algunos minutos.

Un vecino la saludó y le preguntó cómo estaba. Ella sólo le respondió: “¿Y a usted qué le importa?”. A partir de ese momento, su rastro se perdió para siempre.

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